El artículo comienza señalando a jóvenes que acampan en España, se manifiestan en Francia, Serbia y Albania, y arriesgan su vida para emigrar en masa en África y Sudamérica. Afirma que estas acciones expresan un profundo malestar con la sociedad heredada de las generaciones mayores. En la ceremonia de los premios que llevan su nombre, la princesa Leonor citó a Václav Havel: la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certeza de que algo merece ser defendido pase lo que pase. El texto vincula esto con el «principio de esperanza» de Ernst Bloch como una energía activa que impulsa a las personas a transformar la realidad.

El artículo dice que los jóvenes manifestantes creen que merece la pena actuar y esperan mejorar la realidad a la que se enfrentan. Cita a Leonor describiendo tiempos de «profundo desencanto social», desigualdad, conflicto, populismo e incertidumbre, en los que el entusiasmo es difícil de sostener, pero la esperanza persiste entre los jóvenes que protestan. El texto se pregunta si estos tiempos son más oscuros que otros anteriores y responde que sí para los jóvenes europeos: nunca una generación ha tenido tantas oportunidades y tanta formación mientras afronta perspectivas de vida tan reducidas en relación con sus capacidades y con las opciones disponibles en un mundo desarrollado y rico.

Usando el marco de un economista, afirma que la «frontera de posibilidades» nunca ha estado tan lejos de la «línea de presupuesto» de recursos escasos. Añade que las redes sociales y el exhibicionismo agravan el contraste con la realidad de muchos jóvenes. Después presenta datos comparativos: el PIB real per cápita en Europa se ha multiplicado por cuatro desde 1960, con España ligeramente por encima. En ese periodo, la esperanza de vida subió de 67 a 80 años, los estados de bienestar se expandieron en educación, sanidad y pensiones, el tiempo de trabajo disminuyó y aumentaron el ocio y la conciliación de la vida laboral y personal, y avanzaron las libertades civiles y la igualdad, incluida la entrada masiva de las mujeres al mercado laboral.

Sobre los salarios y el poder adquisitivo, el artículo identifica tres etapas: una subida espectacular de 1960 a 1980 que dio a los trabajadores pleno acceso al consumo, incluida la vivienda; una estabilización y un empeoramiento de la desigualdad de 1980 a 2010; y un estancamiento o retroceso de 2010 hasta la actualidad, que dificulta la vida diaria —las compras, la energía, las vacaciones y, especialmente, la vivienda— y alimenta la polarización social. Los jóvenes se ven especialmente afectados, con un desempleo superior a la media, una mayor precariedad, la falta de una trayectoria profesional definida y la exclusión del acceso a la vivienda.

El artículo dice que el ascensor social se ha ralentizado o roto en algunos países. La renta y la riqueza familiares al nacer condicionan ahora el futuro de un joven mucho más que hace 40 años. El riesgo de pobreza solía concentrarse entre las personas mayores; hoy los jóvenes tienen una tasa de pobreza más alta. Los jóvenes son un grupo de alta vulnerabilidad financiera, más dependiente de la ayuda familiar que hace cuatro décadas. La edad media de emancipación era entonces de 20-22 años; ahora es de 26-27, con España como caso extremo a los 30.

En España, el texto dice que las nuevas pensiones con revalorización garantizada superan ahora de media el salario de los trabajadores jóvenes, pese a las subidas del salario mínimo, y que los trabajadores jóvenes han perdido poder adquisitivo en los últimos años. Cita un informe de CC OO según el cual los precios de la vivienda en España han subido casi cuatro veces más que los salarios, por lo que el esfuerzo para comprar ha pasado de 3,1 salarios anuales a 7,1. Los alquileres en las grandes ciudades españolas representan entre el 80% y el 110% del salario medio juvenil. El desempleo juvenil se acerca al 24% frente a una tasa general del 10%, y los jóvenes son el grupo más afectado por la pobreza laboral —que afecta al 12% de todos los trabajadores, según Oxfam Intermón—, con horarios y salarios que no los sacan de la pobreza.

El artículo contrasta 1968, cuando los jóvenes protestaban porque no querían vivir como sus padres, con hoy, cuando protestan porque no quieren vivir peor que sus padres en una sociedad mucho más rica. Recuerda que la primera parte de este desencanto apareció hace más de 20 años en movimientos como el 15-M, y dice que desde entonces todo ha empeorado para los jóvenes: la democracia no ha respondido a sus inquietudes, como sugerían lemas del tipo «no nos representan», y el desencanto se ha convertido en ira expresada en violencia antisistema y apoyo a la extrema derecha. Afirma que a la sociedad se le advirtió y no hizo nada durante 20 años. Parafraseando a Patti Smith, concluye que la gente tiene (todavía no) el poder, y señala que un nuevo accidente ferroviario como el de Urda hace que uno quiera protestar, aunque no sea joven ni tenga esperanza.

Fuentes: El País Economía.