Una cartera con un 40 % de sus activos en acciones puede considerarse conservadora, según la American Association of Individual Investors. Su cartera modelo está pensada para inversores con un horizonte temporal de al menos 10 años. En cambio, muchos inversores brasileños podrían considerar agresiva esa asignación.
No hay una única respuesta sobre cuál de estas perspectivas es correcta. La decisión depende no solo del perfil de riesgo declarado por el inversor, sino también de las alternativas disponibles, su capacidad para soportar las fluctuaciones del mercado, sus límites de riesgo y sus objetivos financieros.
La comparación entre Estados Unidos y Brasil ayuda a explicar por qué los inversores pueden elegir asignaciones distintas. Durante gran parte de las últimas décadas, las tasas de interés reales de Estados Unidos —es decir, las tasas ajustadas por inflación— estuvieron por debajo del 2 %, aunque últimamente han subido. En los últimos 30 años, el S&P 500 obtuvo un rendimiento real promedio del 5,7 %.
Sin embargo, los bonos del Gobierno brasileño vinculados a la inflación han ofrecido a menudo tasas reales elevadas. Un inversor que hubiera asegurado un rendimiento anual equivalente a la inflación más un 6,1 % durante las últimas dos décadas podría preguntarse razonablemente por qué debería asumir el riesgo del mercado bursátil. La respuesta depende de si el rendimiento esperado de las acciones, junto con sus riesgos y beneficios de diversificación, justifica asignarles una parte de la cartera.
Las acciones representan una participación en una empresa y dan a los inversores una parte de sus resultados y de su posible crecimiento. A diferencia de los títulos de renta fija, cuyos rendimientos están vinculados a condiciones específicas, las acciones pueden beneficiarse del aumento de las ganancias y de la creación de valor a lo largo del tiempo, pero no ofrecen un rendimiento garantizado.
Ese potencial conlleva incertidumbre. Las ganancias pueden decepcionar, la competencia puede intensificarse, la deuda puede afectar a una empresa y el precio de sus acciones puede caer bruscamente incluso si el negocio subyacente sigue siendo sólido. Por eso, los inversores esperan una prima de riesgo: un rendimiento adicional frente a inversiones consideradas más seguras. Pero esa prima es una expectativa, no una garantía, y los resultados reales pueden ser distintos.
La historia del mercado brasileño ilustra esa diferencia. En los últimos 20 años, el Ibovespa rindió un 8,7 % anual, frente al 10,1 % del CDI. El índice de pequeñas empresas rindió un 6,8 % anual, mientras que un índice de acciones que pagan dividendos obtuvo un rendimiento anual del 13,1 %. Estas cifras muestran que invertir en acciones no compensa automáticamente a los inversores por asumir riesgos: los resultados también dependen de las empresas que eligen y del período que se mida.
La bolsa brasileña representa solo una pequeña parte del mercado mundial de acciones. Invertir únicamente en acciones locales implica perder oportunidades en otros lugares, incluidos sectores con una representación limitada entre las empresas que cotizan en Brasil. Las acciones, los fondos y los ETF pueden dar acceso a empresas de Estados Unidos, Europa y Asia. La diversificación internacional puede reducir la dependencia de una sola economía, aunque no elimina las pérdidas y puede añadir riesgo cambiario.
Decidir invertir en acciones es solo una parte de la decisión. Los inversores también deben considerar qué comprar y a qué precio: incluso una empresa excelente puede ser una mala inversión si sus acciones son demasiado caras. Tener solo unas pocas acciones también puede aumentar riesgos que una cartera diversificada quizá reduciría.
La disposición de un inversor a asumir riesgos no es lo mismo que su capacidad para soportarlos. Alguien que necesita dinero en dos años para comprar una vivienda quizá tenga menos capacidad para soportar una caída del mercado que un jubilado con activos considerables, ingresos suficientes y un horizonte de más de 20 años.
Evitar las acciones también implica una disyuntiva. Mantener todos los activos en instrumentos tradicionales de renta fija puede reducir ciertas incertidumbres, pero significa renunciar a participar directamente en el crecimiento de las empresas. Eso no convierte a las acciones en una inversión obligatoria, pero sí hace que merezca la pena analizar la decisión de evitarlas.
El autor del artículo, Michael Viriato, planificador financiero y cofundador de Casa do Investidor, sostiene que no todos los inversores brasileños necesitan tener acciones. No obstante, los inversores deberían comprender tanto a qué renuncian al mantenerse fuera del mercado como qué podrían perder al invertir.
Fuentes: Folha Mercado.