La economía española se expandió un 0,6% en el tercer trimestre, casi igualando el comportamiento del trimestre anterior y superando al de las demás grandes economías europeas. El resultado se produjo a pesar de la prolongada crisis en Oriente Medio, aunque las señales de desaceleración y la inflación persistente ensombrecen las perspectivas.

El consumo público y el turismo representaron conjuntamente exactamente la mitad del crecimiento del trimestre. Ambas fuentes de impulso afrontan limitaciones. Mantener un aumento tan rápido del gasto corriente público sin mayores ingresos podría ampliar el déficit e incrementar la dependencia de unos mercados financieros cada vez más cautelosos.

El turismo también se enfrenta a una saturación creciente. Las presiones sobre las infraestructuras figuran entre las principales preocupaciones, especialmente después de años de mantenimiento insuficiente. El apagón eléctrico del año pasado y los graves incidentes que afectaron al transporte ferroviario se citan como pruebas de estas debilidades.

La inflación sigue siendo otro gran obstáculo. Los precios al consumo aumentaron un 4,9% en octubre, según la cifra preliminar, a pesar de las expectativas de que las reducciones fiscales sobre la energía ayudaran a aliviar las presiones sobre los precios. La inflación de los servicios superó el 4%, lo que sugiere que volver al objetivo del 2% llevará tiempo. Las empresas orientadas a la exportación se ven obligadas a comprimir sus márgenes, mientras que las compañías menos expuestas a la competencia pueden ampliarlos.

La expansión necesitará nuevas fuentes de apoyo si el gasto público y el turismo se moderan. Es poco probable que el consumo privado cubra fácilmente la brecha, porque la inflación ha reducido el poder adquisitivo de los hogares. Hasta ahora, las familias han absorbido el aumento del coste de los alimentos recurriendo a sus ahorros, pero esa estrategia no puede continuar indefinidamente. La inversión productiva está evolucionando, en líneas generales, como se esperaba, respaldada por los fondos europeos restantes, que son temporales. La inversión en construcción parece más sólida, siempre que no se vea frenada por cuellos de botella o escasez de suministros.

El ciclo actual ha diversificado la base de crecimiento de España mediante la expansión de los servicios no turísticos. La productividad también ha mejorado, aumentando a una tasa anual cercana al 0,5%, entre una y dos décimas por encima de la registrada antes de la pandemia. Sin embargo, el modelo subyacente sigue dependiendo en gran medida de la incorporación de trabajadores, junto con unos salarios muy bajos. Esa dependencia de una fuerza laboral creciente es cada vez más difícil de conciliar con la escasez de vivienda asequible.

Los datos de empleo del tercer trimestre ofrecen una advertencia adicional. El empleo total siguió aumentando, pero la contratación en el sector público contrastó con un descenso del empleo en el sector privado, la primera vez que ocurre algo así desde la pandemia. Todo el empleo neto creado durante el periodo correspondió a ciudadanos extranjeros y personas con doble nacionalidad, mientras que el empleo entre los ciudadanos españoles cayó en casi 150.000 personas durante el trimestre.

Por tanto, la fortaleza de la economía representa una oportunidad para contener la inflación y reducir los desequilibrios, más que una garantía de que la expansión pueda continuar sin cambios. La desaceleración en la creación de empleo registrada por la Encuesta de Población Activa es uno de los indicios más claros de que el ciclo empieza a enfriarse.

Fuentes: El País Economía.